De París a San Francisco, esas 11 horas de un tiempo sin tiempo, del vinito y cuidado te quemas al abrir. Would you like chicken or beef? Y mirar de repente por la ventanilla para perderse en el ensueño de aquel puntito blanco, imaginar una mirada soñadora que flota en el mar y mira hacia lo alto, ahora, allí, en unos instantes cuando llegue hasta aquel velero solitario el sonido del jet. Siempre me ha fascinado este sonido, la manera como se desvanece, como palidece contra el cielo y cuando crees que ya se ha extinguido vuelve, con más fuerza, un último suspiro. Y así a treinta mil pies te pones a pensar, recuerdas esas líneas sobre Cortázar que lanzaste al mar en diciembre, y en los emilios de aquellos que desde lejos hola, con su voz teñida a veces de nostalgia, de cariño, esa alegría inesperada al encontrarse así sea sin haberlo hecho. Me gustaron las palabras de Jorge respecto de los encuentros, a pesar de su desconfianza, de su recelo ante las posturas que empezamos siempre a adoptar cuando nos encontramos frente a frente.
Pero bueno, basta de sedentarismo: Llegó el 2001, me fui de viaje: París, Atenas, Barcelona... veremos cuando publico la aventura de los papelitos, distribuidos como haciendo un collage en toda la anatomía urbana, en ciudades con brazos y piernas, el fresco aliento de Atenas en lo alto de Likavitos, sobaco con ajo en las ruínas de su mercado romano (una ventera de antaño me miraba de reojo mientras yo pega que pega papeles en las ajadas paredes), Barcelona y sus labios que pronuncian tiernamente mi nombre, y varios cronopios por ahí, siguiéndonos ambos la pista sin saberlo, París jugando a las escondidas en torno al centro Pompidou (no pude resistirme a la tentación de dejar unos papelitos en la la biblioteca, sobre la estantería donde roncan risueños varios libros de Cortázar)...