Del que escribe, nostálgico y sumido en una
deliciosa estupefacción de emociones, reclinado contra la baranda de la ventana
en aquel hotel parisino frente al cementerio de Montparnasse donde vine a parar
una noche hace años, sin saber que su tumba se encontraba allí. Tumbarse en esa
raída cama de hotel... La ciudad había entrado perezosa esa tarde en la
penumbra, y el llamado de un último haz solar reflejado en el espejo del tocador
me dirigió de sesgo hasta el lecho naranja, entregarse con gusto al letargo
físico, hurgar casi que instintivamente al espíritu. Me desperté sobresaltado en
medio de un sueño. Uno de esos sueños del cual uno no se despierta del todo,
esos instantes maravillosos en los que de algún modo tiramos de este lado, y
sentimos, toda esa otra realidad del inconsciente. Llevaba varias semanas
mirando el mundo transcurrir desde una ventana de tren, algún hotelucho de
Bruselas, un rostro reflejado en una ventanilla del metro, buscándote en medio
de las notas que a veces, temblando, le arrancaba al piano. Y entonces el que
escribe soñó, y nos amábamos. En esta misma cama naranja. Mordisco. Gotitas de
lluvia en tus cejas. Queja. Risa. Recojo flores en un campo belga. Que no se
acabe el sueño. Me llamas por mi nombre. Repites, dejando correr lentamente las
sílabas por la comisura de tus labios, acariciando cada letra, empapando las
vocales con tu saliva, puntuando contundentemente las consonantes con tu lengua.
Que no se acabe el sueño, pienso, no antes de que, mírame, miráme, saber que
sabemos, que comulgamos en este templo tan nuestro,
El apacible murmullo urbano me arrastra hacia
la realidad (¿?), y me dirijo entonces a la ventana. Reclinado en la baranda
observé ese hueco inmenso en medio de las miles de luces de la ciudad. No
conocía bien París, y desconocía la naturaleza de esa mancha negra, ese espacio
muerto donde Julio duerme y que yo descubriría al día siguiente. Un cigarrillo,
dos, tres de la mañana... Seguí pensando en vos, ya de este lado, con tu voz
pegadita a mi piel, sudorosa y cansada...
Hasta pronto, ya casi es la una aquí en París
y me llama la oscuridad, para perderme en el sueño.